RECUERDOS DE LA HISTORIA. Carlos Moreno Martín

0
50

Víctor saltó a un lado para evitar las balas que amenazaban con matarles y se agazapó tras una enorme caja de metal para protegerse. Masculló algo mientras sacaba un cargador del bolsillo y lo metía por el mango de la pistola, después de dejar caer el cargador vacío. Metió una bala en la recamara y se asomó para dar dos disparos al azar. Así, al menos, esos malditos militares que querían matarle sabrían que estaba armado y que opondría resistencia.

Comprobó que Sara estaba a su lado e ilesa y se apoyó en el frío metal mientras escuchaba los pasos que se acercaban lentamente a él. Todo había empezado como una simple investigación científica.

Los llamados Recuerdos de la Historia. Esos objetos que no se correspondían con la época a la que pertenecían. Un cráneo de Cromagnon agujereado por una bala del calibre 25; una huella de zapatilla Nike junto a la de un Triceratops; objetos de la prehistoria, elaborados por las manos de un hombre de las cavernas, que representaban a astronautas o aviones. Cuando Sara había ido a su casa a pedirle ayuda, nunca pensó que acabarían perseguidos por un grupo de militares asesinos.

Sus investigaciones les habían llevado hasta aquél hangar en la Base Aérea de Zaragoza. Habían averiguado que varios soldados que habían hecho guardia en la garita de control de ese lugar habían muerto apenas un días después. Además de unos documentos que señalaban el Hangar 31 como el escondite de algo importante.

Y ahora estaban allí, apoyados en esa fría y dura caja de metal, esperando que sus perseguidores los atrapasen.

Y por si eso fuera poco, estaba el OVNI.

Víctor desvió la mirada hacia allí. La inmensa nave gris se elevaba como un edificio de dos plantas. Redonda y lisa parecía un frisbi gigante. Víctor vio que Sara, apoyada como él, apenas podía apartar la mirada de la maquina. El muchacho volvió a asomarse y disparar. Las balas no dieron en el blanco pero hizo que los tres hombres que se acercaban se escondieran y retrocedieran para protegerse.

Sintió un tirón en la chaqueta y vio que Sara señalaba algo. Cuando Víctor miró hacia allí, frunció el entrecejo, pensativo.

El Ovni tenía una compuerta abierta y, desde allí, podía ver el interior de la nave. Cientos de luces parpadeaban en un panel de mandos, en su interior.

—¿Quieres que entremos allí? —preguntó en un susurro.

—¡Claro! —la mujer se apartó un mechón de pelo negro de los ojos—. Es nuestra única salida.

Víctor apretó los labios sopesando la idea. Sara tenía razón. Era la única manera de escapar. Podían entrar en el Ovni e intentar cerrar la puerta. Si lo conseguían, tal vez pudieran ganar algo de tiempo.

—Está bien —accedió.

Entonces saltó a un lado y comenzó a disparar a los militares que los acechaban y ambos corrieron hacia la nave. Las balas mordían el cemento a los pies de Víctor, pero él no retrocedía. Debía proteger a Sara para que, al menos ella, pudiera salir con vida.

Sara entró primero y comenzó a pulsar botones al azar buscando el que cerraría la compuerta. Víctor aguantó, disparando para mantener a sus enemigos a raya. Por fin la puerta comenzó a cerrarse con un crujido metálico y los disparos de los militares se apagaron suavemente.

Víctor arrastró la espalda por la pared, cansado. Paseó la mirada por la nave y vio que estaban en una habitación circular. Todo el lugar era un enorme panel de mandos con botones y luces que parpadeaban a distintos ritmos.

Sara giró sobre sí misma, mirando todos y cada uno de los lugares y objetos de la nave. No podía creer que estuviera en el interior de un ovni. Posiblemente, Víctor y ella eran de los pocos afortunados que habían podido hacerlo. Sin embargo, se llevó una decepción al comprobar que la estética de la nave era muy parecida a la de un avión terrestre. Los paneles de mando, los mandos de la nave… todo era muy terrícola. Incluso los encargados de investigarla habían sustituido los letreros alienígenas por letreros en español. Suponía que los originales, que debían estar guardados en algún lugar en aquella base aérea, estarían escritos con símbolos extraños. Daría cualquier cosa por poder verlo.

Giró la cabeza para ver como Víctor se levantaba del suelo, dolorido, con la mano aún empuñando el arma. No podía ver ningún tipo de sorpresa en los ojos verde esmeralda del hombre. Miraba el interior del ovni, como si estuviera viendo un programa de televisión. Sin ningún interés. Él se acercó a ella, mientras guardaba la pistola bajo su chaqueta.

De repente, la puerta del Ovni comenzó a temblar al tiempo que un fuerte sonido se expandía por todo el metal de la nave. Alguien estaba golpeándola desde el exterior.

—¡Mierda! —exclamó Víctor antes de apartar a Sara para sentarse en un sillón frente a los mandos de la nave.

“El asiento es demasiado terrestre para ser de un Ovni”, pensó divertido.

—Tenemos que irnos de aquí —dijo examinando con atención los mandos de la nave—. No parecen muy distintos de los aviones terrícolas —comentó.

Comenzó a pulsar botones mecánicamente, recordando las clases de vuelo que había recibido unos años antes, cuando formaba parte de las Fuerzas Aéreas. Sonrió. Eso ya había quedado muy atrás y ahora sus propios compañeros le perseguían para matarle.

De pronto, la nave comenzó a temblar con suavidad y los dos sintieron como se elevaba apenas un poco en el aire. Notaron una extraña sensación de anti gravedad. Víctor sonrió al pensar en la reacción de los militares que intentaban entrar en ella.

Frente a él se encendió una pantalla que les mostraba lo que sucedía en el exterior. Los soldados corrían de un lado a otro haciendo señas con la mano, buscando la manera de detener la máquina

—¿Qué son esos números? —preguntó Sara.                                     

Víctor miró a donde señalaba ella y vio un pequeño panel parecido a una calculadora. Junto a él había tres pantallas con un número cada uno. 14619471311, 332221 y 1043202.

—Ni idea —contestó distraído. En la pantalla había visto como en el techo del hangar se abría una compuerta—. Joder, hasta la tienen preparada para despegar.

Y entonces, sin pensarlo dos veces, tiró hacia atrás de los mandos y los dos sintieron como la nave salía disparada hacia el cielo. Sara tuvo que agarrarse al sillón para no caer y Víctor sintió que su espalda se aplastaba contra el sillón. De repente, el ovni empezó a temblar con violencia. Hubo un fogonazo de luz blanca en la pantalla y la imagen cambió.

—¿Qué demonios es eso? —Sara formuló la pregunta con los ojos muy abiertos, sorprendida por lo que estaba viendo.

Víctor dejó los mandos de la nave tras comprobar que podía seguir volando sola y se levantó para poder ver mejor. En la pantalla, el oscuro y estrellado cielo de Zaragoza había dado paso a un desierto rojizo, iluminado por un sol de justicia.

—Esto no es Zaragoza —confirmó en un susurro.

—Pero entonces, ¿Dónde estamos?

Víctor paseó la mirada por toda la nave, intentado encontrar una respuesta a lo que estaba pasando y sus ojos se posaron en los números digitales que había en el panel de mando.

14619471311, 332221 y 1043202.

Luego volvió a mirar la pantalla y vio enormes rocas rojas de varios pisos de altura. Y entonces lo vio todo claro.

—¡Mierda! —exclamó—. ¡Mierda, mierda y mierda!

—¿Qué?

—Esta es tu respuesta —declaró él, abriendo los brazos para abarcar toda la nave.

—¿La respuesta a qué?

—A la cabeza de Cromagnon con el agujero de bala —contestó—, a la huella de zapatilla junto a la del dinosaurio. Incluso al misterio del mapa de Piris Rei; o a la construcción de las pirámides o los Moais de la Isla de Pascua.

—No te entiendo —Sara sacudió la cabeza—. ¿Qué tiene que ver todo eso con este ovni?

—¡No es ningún ovni! —exclamó Víctor fuera de sí—. ¡Es una máquina del tiempo y del espacio!

Sara le miró estupefacta, comprendiendo. Al fin todo tenía sentido. Por eso todas las pistas que habían recopilado durante las últimas dos semanas les llevaban al misterioso Hangar 31 de la Base Aérea de Zaragoza. Por eso el ejército les seguía sin descanso para matarlos. Ellos los sabían y no podían dejar que Víctor y ella lo descubrieran y lo sacaran a la luz.

—Algún desgraciado —continuó Víctor más para sí mismo que para su amiga— debió viajar a la era de los dinosaurios y pasearse entre ellos con unas Nike; otro le pegó un tiro a un hombre de las cavernas y se quedó tan tranquilo; incluso puede que alguien ayudara a los egipcios a construir las pirámides. Sara —añadió—, si esta máquina existe ahora, tal vez existan más ¡Y en otra época! Quizás los ovnis que se ven el cielo no vengan de otro planeta, sino de la tierra ¡Desde el futuro!

Sara tuvo que sentarse pues le temblaban las piernas y pensó que iba a caer. Lo que Víctor decía tenía sentido. Eso explicaría las oleadas masivas de avistamientos en distintas partes del mundo. Incluso daría una razón al por qué en determinados cuadros antiguos se podían ver objetos parecidos a los ovnis. En la Biblia también se hablaba de ellos, carros de fuego en el cielo. Sería lógico pensar que si el ejército poseía una máquina del tiempo como en la que estaban en ese momento, hubieran viajado a la época de los dinosaurios, a la de Cristo… También era predecible el hecho de que humanos del futuro hayan viajado hasta nuestros días para ver cómo vivimos, como nos alimentamos, como somos.

—Quizás esta máquina es solo el principio —se atrevió a decir—. Quizás dentro de muchos años la raza humana haya evolucionado y posea muchas máquinas más como esta. Eso explicaría por qué los que afirman haber visto alienígenas dicen que son alargados, con ojos grandes, grises… ¡A lo mejor el siguiente paso en la evolución es ese! Pero entonces… —añadió tragando saliva, sintiendo que el miedo se apoderaba de su cuerpo—. Víctor, ¿Dónde estamos?

Su amigo desvió la mirada a los números que se reflejaban en las pantallitas digitales. 14619471311, 332221 y 1043202.

—14619471311 es la fecha y la hora —contestó señalando los dígitos—. Y 332221 y 1043202 son las coordenadas.

Entonces miró con gravedad a Sara y continuó:

—Estamos en el catorce de junio de mil novecientos cuarenta y siete a las una y once de la tarde. En las coordenadas treinta y tres grados, veintidós minutos, veintiún segundos Norte, y ciento cuatro grados, treinta y dos minutos, dos segundos Este.

—¿Y eso qué demonios significa, Víctor? —preguntó ella en un gemido.

Víctor respiró profundamente antes de contestar:

—Sara, estamos en Roswell, Nuevo Méjico —clavó sus verdes ojos en ella—. Nosotros somos el ovni que se estrelló allí hace sesenta años.

La muchacha guardó silencio, intentando  asimilar las palabras de Víctor. Paseó la mirada por la máquina, maldiciéndose a sí misma por haberse embarcado en aquella estúpida investigación. Y, aún más, por haber continuado con ella cuando se dio cuenta de que podían descubrir algo peligroso. Sus ojos se posaron en la pantalla que le mostraba el desierto de Nuevo Méjico, sesenta años atrás.

—¡Cuidado! —gritó de repente, desesperada, mientras se lanzaba contra los mandos de la nave.

La máquina del tiempo dio un violento golpe y Víctor salió despedido contra la pared de metal. Entonces todo se volvió negro.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here